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La violencia que no suelta a Colombia

La violencia que no suelta a Colombia
Imagen de: Archivo Zona Captiva

La muerte de Miguel Uribe Turbay no es solo una tragedia personal o familiar; es un recordatorio brutal de un ciclo de violencia que parece imposible de romper en Colombia. Su asesinato revive heridas profundas, no solo en quienes lo conocieron, sino en todo un país que ha visto a generaciones perder la vida por culpa de la intolerancia, el odio y la incapacidad de construir una paz real.

La historia de Miguel no puede leerse de manera aislada. Su madre, Diana Turbay, también fue víctima de la violencia cuando en los años noventa perdió la vida en un secuestro que marcó una época oscura para el país. Hoy, décadas después, la tragedia vuelve a golpear a esa familia. Es como si la historia se repitiera con un cruel eco que no cesa, mostrando cómo Colombia no ha sabido cerrar sus propias heridas.

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Cada muerte como esta deja la sensación de que avanzamos dos pasos y retrocedemos tres. Hemos firmado acuerdos, construido discursos de reconciliación, creado políticas de seguridad, pero al final la violencia sigue encontrando el modo de imponerse. La muerte de Miguel, un joven político con aspiraciones y proyectos, representa también la pérdida de una posibilidad: la de un país distinto, donde las diferencias se tramiten en democracia y no con balas.

Lo más doloroso es que no se trata de un caso aislado. Son miles las familias que, al igual que los Uribe Turbay, han sentido cómo la violencia arranca a sus seres queridos y deja vacíos imposibles de llenar. Sin embargo, este hecho tiene un peso simbólico porque recuerda que ni los apellidos, ni los cargos, ni los esfuerzos por servir al país, blindan a nadie del fuego cruzado de la intolerancia.

En Colombia solemos decir que “la violencia se hereda”. Y esa frase, aunque suene dura, se hace evidente cuando las historias familiares se repiten con la misma crudeza. La de los Turbay es solo una entre tantas, pero refleja la tragedia de un país que parece condenado a revivir los mismos episodios de dolor generación tras generación.

Este momento debería ser un llamado a la reflexión profunda. No podemos normalizar ni aceptar que líderes, jóvenes con vocación de servicio, campesinos, periodistas o ciudadanos del común sigan cayendo bajo las mismas lógicas violentas de siempre. Cada pérdida debe dolernos como sociedad y empujarnos a romper ese ciclo.

Si algo deja la muerte de Miguel Uribe Turbay es la urgencia de no quedarnos en la indiferencia. La memoria de él y de su madre debería inspirar a replantear nuestra manera de convivir, a exigir justicia, pero sobre todo a comprometernos con una cultura donde las diferencias políticas o sociales no se resuelvan con violencia. Porque, si seguimos dejando que la historia se repita, nunca podremos escribir un futuro diferente.

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Por: Daniel Felipe Carrillo
Instagram: @felipecarriloh1
Imagen: Archivo Zona Captiva
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