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Que su nombre no se apague en el ruido de la noticia

Que su nombre no se apague en el ruido de la noticia
Imagen de: Infobae

El hallazgo del cuerpo de Valeria Afanador, una niña de apenas 10 años desaparecida desde el pasado 12 de agosto, ha sacudido a Colombia. El cuerpo fue encontrado en el sector de Fagua, en Río Frío confirmado por la Fiscalía y Medicina Legal ya analiza las causas de su muerte.

Ese pequeño nombre y esa corta vida han desatado una ola colectiva de dolor e interrogantes. En Cajicá, el duelo se hace visible: banderas a media asta, tres días de luto decretados y el pueblo entristecido, envuelto en una bruma que exige respuestas. Sin embargo, lo más perturbador no es solo el vacío que deja el crimen, sino las grietas que este desgarrador episodio desvela.

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El abogado de la familia ha señalado que “pedimos profundizar en la tesis de secuestro”, una petición que revela la inquietud por una investigación ágil, transparente y minuciosa. En un país donde los mecanismos estatales suelen recorrer laberintos burocráticos, el clamor por una verdad que no se diluya en el tiempo es legítimo y apremiante

El Gimnasio Campestre Los Laureles, donde estudiaba Valeria, ha expresado su profundo pesar, decretó duelo institucional y apeló a la prudencia de los medios, recordando que la investigación está en manos de las autoridades competentes. Pero es difícil no preguntarse: ¿bastará con un comunicado y un minuto de silencio? La comunidad espera transparencia, responsabilidad y un compromiso genuino con la protección de la infancia.

El Espectador describe un paisaje donde el sol brilla con indiferencia mientras las miradas reflejan desconcierto, preguntas sin respuesta. En ese contraste está la fragilidad de nuestro entramado social: cuando una niña desaparece, desaparece una parte de nuestra inocencia. Y si su cuerpo tarda días en aparecer, endurece aún más nuestro corazón.

Este dolor no puede convertirse en cifras ni en titulares fugaces. La exigencia de justicia debe ser sostenida, firme y acompañada de mejoras reales en la protección de niños y niñas.

Mi columna es un llamado: no dejemos que este caso se convierta en una noticia más. Que la investigación, las responsabilidades y las acciones preventivas sean tan humanas como el nombre de Valeria. Que su memoria nos obligue a reconstruir la confianza en las instituciones y a garantizar que ninguna familia deba vivir lo que está viviendo la de Valeria.

En este país que tanto sufre, nuestra respuesta puede ser el inicio de algo diferente: un Estado que no abandone, escuelas que protejan, una justicia que actúe, una sociedad que no olvide.

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Por: Daniel Felipe Carrillo
Instagram: @felipecarriloh1
Imagen: Archivo Zona Captiva
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