
Cuando un abrazo ya no es solo un abrazo, cuando un cumplido sobre la apariencia cobra resonancia política, cuando el espacio físico y simbólico convergen, el poder deja de ser una abstracción para convertirse en una tensión palpable. Esto es lo que pasó en Cauca, durante una alocución del presidente Gustavo Petro con Gloria Miranda, directora de Sustitución de Cultivos Ilícitos. Lo ocurrido, lejos de ser un incidente anecdótico, revela mucho más: las relaciones de poder, las expectativas de género, y los límites (y los abusos) que soporta aún el discurso político colombiano.
En público, ante un auditorio oficial, el presidente elogió la belleza de Gloria Miranda: “Gloria, como todas las funcionarias del Gobierno del Cambio, es hermosa…”, añadió luego: “y resulta que se acaba de casar hace un mes, así que la perdimos (risas)”. El gesto de cercanía, el brazo extendido, la sonrisa del presidente y las risas de los presentes, parecieron configurar una escena de camaradería. Pero la incomodidad en la expresión de Miranda mostró otra lectura: el rostro sonrojado, la sonrisa nerviosa, el cuerpo que parecía querer retroceder sin hacerlo, son huellas de una tensión que trasciende lo anecdótico.
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La Defensora del Pueblo, Iris Marín, lo calificó como un comportamiento “machista estructural” y pidió imaginar la escena en roles invertidos. ¿Qué pasaría si una mujer en alto cargo halagara públicamente la apariencia de uno de sus colaboradores, destacando su vida sentimental y restando relevancia profesional? Allí está la clave: el episodio no es un chiste inocente, es un recordatorio de cómo la desigualdad simbólica se cuela en los espacios más solemnes del poder. Lo que el periódico El Colombiano denomina violencia simbólica es, en realidad, una forma de perpetuar jerarquías, donde las mujeres siguen siendo valoradas por su apariencia, incluso en los más altos escenarios institucionales.
El experto en lenguaje no verbal Víctor Arango explicó que este no es un hecho aislado, que los gestos repetidos del presidente evidencian una forma de confianza que desdibuja los límites de lo respetuoso. La incomodidad de Miranda, aunque leve, habla de esos silencios que siempre pesan: la sonrisa que oculta la molestia, la distancia que no se permite, el respeto jerárquico que impide el reclamo. Y es ahí donde está el verdadero problema: la naturalización de un comportamiento que, en cualquier otro escenario, sería considerado invasivo o inadecuado.
Los defensores del presidente argumentan que es espontaneidad, humanidad, cercanía. Pero la espontaneidad no puede ser excusa para perpetuar un lenguaje cargado de sesgos. Menos aún cuando quien lo pronuncia es el jefe de Estado, con todo el poder simbólico que ello implica. El mensaje que queda es peligroso: que la apariencia física de una mujer importa tanto como su labor; que su vida privada es un tema de exhibición pública; que la jerarquía obliga a sonreír incluso ante la incomodidad.
Un gobierno que hace de la igualdad y la inclusión sus banderas no puede permitirse contradicciones de esta magnitud. La credibilidad se sostiene con coherencia, no con discursos. Y cada vez que un gesto de este tipo se tolera, se erosiona la confianza de las mujeres en que los espacios de poder realmente son para ellas en igualdad de condiciones. Lo que pasó en Cauca no es un detalle menor: es un espejo en el que se reflejan las grietas culturales que aún arrastramos.
El episodio deja preguntas inevitables: ¿qué mensaje reciben las funcionarias que trabajan bajo esta administración? ¿Qué aprenden las jóvenes que sueñan con llegar a espacios de poder? ¿Que deben acostumbrarse a ser medidas por su apariencia? ¿Que deben aceptar la invasión de su privacidad bajo la excusa de un chiste?
Más allá del incidente puntual, lo que se necesita es una reflexión institucional. No bastan disculpas o justificaciones. Se requieren protocolos claros de respeto, formación sobre género y poder, espacios seguros para denunciar incomodidades sin temor a represalias. Y sobre todo, se necesita un cambio cultural donde el respeto no dependa de la espontaneidad del líder, sino de la conciencia de que cada palabra y cada gesto tienen un peso real.
Este episodio en el Cauca no es solo sobre Gloria Miranda, ni solo sobre Gustavo Petro. Es sobre el tipo de país que aspiramos a ser y el tipo de liderazgo que aceptamos. Si creemos en la dignidad y en la igualdad, no podemos seguir normalizando que las mujeres en posiciones de poder sean reducidas a su atractivo o su vida privada. Porque lo que se permite decir al poderoso, lo que se celebra como broma en un escenario público, dice mucho más sobre nosotros como sociedad que sobre el hombre que lo pronunció.
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Por: Daniel Felipe Carrillo
Instagram: @felipecarriloh1
Imagen: Semana
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