
El pasado 27 de julio, en pleno aeropuerto El Dorado de Bogotá, una abogada fue brutalmente agredida por haber ocupado una silla vacía. El atacante, identificado como Héctor Favio Santacruz Marulanda, un empresario caleño, la golpeó en el rostro luego de amenazarla con la frase: “Se levanta o la levanto”. Lo que para muchos pudo parecer un simple altercado por un asiento, en realidad desnudó una violencia estructural que persiste en nuestro país: la violencia basada en género, esa que se disfraza de impaciencia, de prepotencia, de derecho masculino sobre el cuerpo y espacio de una mujer.
El hecho fue registrado por testigos y difundido ampliamente, causando indignación pública. Pero lo que vino después fue aún más revelador. La víctima, Claudia Patricia Segura, denunció que fue trasladada en la misma patrulla que su agresor y que las autoridades no activaron los protocolos de atención establecidos para mujeres víctimas de violencia. No se encendió la Línea Púrpura, no hubo contacto con la Secretaría de la Mujer ni se protegió su integridad emocional. Fue, en palabras de su abogada, un proceso “cargado de revictimización”.
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Santacruz, mientras tanto, fue identificado no solo por su nombre, sino por su trayectoria profesional. Es administrador de empresas, con estudios de posgrado en Icesi y experiencia en áreas financieras. Su perfil contrasta con el acto cometido, lo que lleva a algunos a relativizar o incluso justificar lo ocurrido. Pero la violencia no discrimina clase social, formación académica ni estatus profesional. Y es justamente ese sesgo el que debemos derribar.
Un aspecto que conmovió a muchos fue el pronunciamiento de la esposa del agresor. “La persona que agrede a una mujer es mi esposo… me duele como mujer, como mamá”, escribió en un comunicado. A pesar de la relación con el agresor, no dudó en condenar el acto. Su postura dejó claro que rechazar la violencia no es solo un acto político o jurídico, sino también ético y humano. No se puede proteger al victimario por lazos personales cuando hay una agresión evidente y cobarde.
La víctima, aún con heridas visibles y secuelas emocionales, ha tenido que enfrentar además un sistema lento y torpe. Como sociedad, fallamos dos veces: primero, cuando permitimos que alguien sienta que tiene derecho a golpear a una mujer por una silla; segundo, cuando nuestras instituciones no actúan con la diligencia y empatía necesarias. Esto no es solo una historia de aeropuerto, es un espejo que nos obliga a mirar qué tanto hemos avanzado realmente en la lucha contra el machismo y la violencia.
La violencia de género no siempre se anuncia con gritos o insultos. A veces se manifiesta en una mirada de desprecio, en una amenaza sutil, en la forma en que un desconocido siente que puede tocar, empujar o mandar a una mujer solo porque sí. El golpe de Santacruz fue físico, sí, pero también simbólico: un recordatorio de cuánto nos falta por construir una cultura del respeto, del cuidado y de la igualdad. Es momento de dejar de justificar, de relativizar, de callar. Porque cuando una mujer es agredida, toda la sociedad recibe un golpe. Y no podemos seguir actuando como si nada hubiera pasado.
Este episodio debe reforzar una conversación nacional: no es un caso aislado, sino un síntoma de una violencia que se expresa en formas aparentemente pequeñas, pero que revelan estructuras culturales profundas que debemos
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Por: Daniel Felipe Carrillo
Instagram: @felipecarriloh1
Imagen: Archivo Zona Captiva
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