A pesar de que el 95% de la población tiene productos bancarios, el desconocimiento y la desconfianza frenan el bienestar económico regional.
El panorama de las finanzas en América Latina presenta una contradicción evidente: mientras la tecnología permite que casi cualquier persona tenga una cuenta digital, el uso efectivo de estas herramientas sigue siendo limitado. Según el Índice de Inclusión Financiera de Credicorp (IIF) 2025, aunque el acceso en países como Colombia es masivo, solo el 40% de los habitantes de la región comprende el funcionamiento de al menos diez productos financieros. Esta cifra, si bien representa una mejora frente a años anteriores, revela que la conectividad no es sinónimo de conocimiento.
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Este desafío fue el eje central del encuentro digital «Impulsando la inclusión financiera a través del periodismo en Latinoamérica», organizado por la agencia Latam Intersect. En este espacio, diversos especialistas examinaron por qué la simple tenencia de una tarjeta o una aplicación móvil no está logrando reducir las brechas de desigualdad de manera acelerada.
Las barreras invisibles que limitan el progreso
A pesar de las cifras positivas en apertura de cuentas, existen obstáculos estructurales que impiden que el dinero digital trabaje a favor de la gente. La informalidad laboral y el temor a las instituciones reguladoras hacen que muchos prefieran mantener su capital fuera del sistema rastreable. A esto se suma una creciente preocupación por la seguridad en internet, un factor que aleja a los usuarios de las transacciones más sofisticadas.
Al respecto, la periodista Olga Rendón, especialista en finanzas personales, enfatizó que la infraestructura tecnológica no sirve de mucho si el usuario tiene miedo. Según explicó la experta, “la informalidad, el miedo al sistema tributario y la desconfianza en la ciberseguridad siguen siendo barreras críticas que impiden que los ciudadanos utilicen los servicios financieros para mejorar su calidad de vida”.
El papel de la información en el bienestar social
La discusión también resaltó que el lenguaje técnico suele ser un muro para el ciudadano promedio. No se trata solo de ofrecer un crédito o una cuenta de ahorros, sino de explicar para qué sirven y cómo evitar deudas impagables. La comunicación clara aparece entonces como el puente necesario entre los bancos y las personas.
Katyanny Ramírez, experta en sostenibilidad en Finsus, señaló que existe una deuda pendiente en cómo se narra la economía para el pueblo. Para la especialista, el acceso sin comprensión es una oportunidad perdida. Bajo esta premisa, Ramírez argumentó que “un alto porcentaje de la población vive sin control real de sus finanzas, lo que refleja un problema de salud financiera que va más allá del acceso”.
Tecnologías emergentes y el futuro del capital
Un punto que genera interés y debate es el avance de las finanzas descentralizadas (DeFi) y el uso de criptoactivos. América Latina se ha convertido en un laboratorio global para estas tecnologías, impulsado principalmente por la necesidad de proteger el valor del dinero frente a la inflación en países como Argentina y Brasil.
Datos de Chainalysis indican que la región movilizó cerca de 1.500 millones de dólares en transacciones cripto en los últimos tres años. No obstante, este crecimiento requiere de una base sólida de educación para no exponer a los ahorradores a riesgos innecesarios. Javier Bastardo, referente en el sector de pagos digitales y PR en Bitfinex, resaltó las ventajas de estas nuevas redes para el movimiento de dinero internacional y la obtención de recursos.
De acuerdo con Bastardo, “las finanzas descentralizadas (DeFi) no sólo han probado ser una alternativa útil para enfrentar fenómenos complejos y de alto impacto en la región como la inflación, por ejemplo a través de las remesas con stablecoins, sino que también han permitido a personas y empresas levantar capital a través de la tokenización de activos”.
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Finalmente, el consenso de los panelistas apunta a que el 2026 debe ser el año donde la prioridad deje de ser la cantidad de usuarios registrados y pase a ser la calidad de su salud financiera. Sin una estrategia que combine seguridad, transparencia y pedagogía, la inclusión seguirá
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